Violencia sexual en las rutas migratorias

Por: Dr. Salvador Capote
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Especialmente cruel es la violencia sexual en práctica contra mujeres y niñas en los desplazamientos internos que ocurren en Colombia (el 80 % de los desplazados son mujeres y menores de edad). La indefensión de estas mujeres es total y se agrava con la carga adicional de cuidar y proteger a sus hijos.
El sábado 8 de marzo conmemoramos el Día Internacional de la Mujer. Me gustaría resaltar en esta ocasión el ascenso social que en países como Cuba han experimentado las mujeres; tanto, que desde hace años forman ya la mayor parte de la fuerza de trabajo técnica y profesional de la nación. Prefiero, sin embargo, hacerme eco del clamor inaudible de cientos de miles de mujeres, migrantes silenciosas, invisibles para las transnacionales de noticias, que sufren todo tipo de violencia física, incluida la violencia sexual, en su largo peregrinar a través de las fronteras con la esperanza de encontrar una vida mejor o de, al menos, sobrevivir.
Muchos piensan que la migración es un fenómeno casi exclusivamente masculino y tal vez fue así en otros tiempos pero, actualmente, la mitad o más de los migrantes que cruzan las fronteras son mujeres. En Guatemala el 57 % de los migrantes son mujeres y, en El Salvador y Honduras el 54 %.
Una de las fronteras más peligrosas del mundo es la que separa a México de Estados Unidos, con su carácter triple de frontera natural formada por el río Bravo (o Grande para los estadounidenses), frontera cultural entre el mundo anglosajón y el latinoamericano, y frontera social que separa niveles y estilos de vida muy diferentes.
Para las mujeres migrantes de Mesoamérica el camino de las lágrimas comienza más de 5,000 kilómetros antes. Los migrantes centroamericanos y los que provienen de los estados del sur de México, atraviesan el país de sur a norte en un tren de mercancías llamado La Bestia, viajando en el techo o en el espacio entre los vagones. Las bandas criminales que controlan este negocio cobran cien dólares por cada tramo del recorrido. Al que no paga -hombre, mujer o niño- lo tiran del tren en marcha.
En su paso por México, el migrante es tratado como una mercancía y sometido a extorsiones, robos y secuestros. Las mujeres son amenazadas, vejadas, golpeadas, violadas y, en no pocos casos, asesinadas. Siete de cada diez mujeres centroamericanas o mexicanas migrantes son violadas al atravesar el territorio mexicano, y seguramente la proporción es aún mayor pues muchas mujeres callan por temor al estigma de la violación y otras se resignan ante lo que consideran inevitable pues no conocen sus derechos y no saben ni tienen a quien acudir. No faltan, además, las que en su desesperanza utilizan su cuerpo como moneda de supervivencia y ofrecen favores sexuales a cambio de protección o para que se les permita avanzar en el camino.
Pero el viacrucis de estas mujeres no termina al llegar a la frontera norte, ni tampoco para las que logran cruzar la frontera e ingresar en territorio de Estados Unidos. Muchas de ellas caerán bajo el control de redes de trata o tráfico de personas y terminarán como esclavas sexuales, en centros de prostitución o sometidas como sirvientas a trabajo esclavo o semiesclavo.
Cada vez con mayor frecuencia, las mujeres migrantes centroamericanas asumen la inevitabilidad de que serán violadas, a veces repetidamente, a su paso por México o al cruzar la frontera con Estados Unidos, y antes de emprender el viaje se inyectan Depo-Provera, potente anticonceptivo que mantiene su efecto durante tres meses y posee una eficacia cercana al 100 %. Este anticonceptivo es bien conocido en Centroamérica porque durante años ha sido distribuido gratuitamente por las autoridades sanitarias como tratamiento de planificación familiar. Se trata, sin embargo, de una droga con peligrosos efectos secundarios en el sistema hormonal y en los huesos. Es, en realidad, un método de esterilización masiva que responde a intereses geopolíticos del imperio y tiene como objetivo limitar el crecimiento demográfico en los países pobres.
La ruta a través de México no es el único camino de las lágrimas para las mujeres en esta parte del mundo. Mujeres haitianas, huyendo de la miseria extrema, o desplazadas de su lugar de origen por catástrofes naturales o por la represión política, son víctimas de todo tipo de violencia no sólo por elementos criminales sino también por las autoridades que, supuestamente, tendrían que protegerlas.
Ha sido un continuado escándalo internacional la violencia sexual contra las mujeres en los campamentos de refugiados en Puerto Príncipe y sus alrededores, en la cual han participado los llamados cascos azules de la ONU.
Las mujeres que logran cruzar la frontera son forzadas a prostituirse en la ciudad de Comendador, en la provincia de Elías Piña, en el lado dominicano. Las que encuentran trabajo como vendedoras o como sirvientas en casas particulares son extorsionadas y amenazadas con la deportación si no acceden a mantener relaciones sexuales con sus empleadores. Las que no logran cruzar la frontera o son deportadas tienen como destino la prostitución en la ciudad de Belladère, en el lado haitiano.
En el centro de detención de inmigrantes indocumentados de Krome, en el sur de la Florida, las mujeres haitianas que arriesgando sus vidas arriban a territorio de Estados Unidos, son víctimas igualmente de la violencia sexual por parte de las autoridades norteamericanas y posteriormente deportadas.
Especialmente cruel es la violencia sexual en práctica contra mujeres y niñas en los desplazamientos internos que ocurren en Colombia (el 80 % de los desplazados son mujeres y menores de edad). La indefensión de estas mujeres es total y se agrava con la carga adicional de cuidar y proteger a sus hijos.
Albergues establecido por instituciones religiosas para acoger a los migrantes en tránsito, como Hermanos del Camino en Ixtepec, Oaxaca, que ocupa un lugar estratégico en los flujos migratorios a través del Istmo de Tehuantepec, al igual que los programas puestos en marcha por el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) con la finalidad de garantizar el acceso de las mujeres a la protección legal y a la ayuda humanitaria de emergencia, no rozan siquiera la epidermis del problema, pues la caridad o la solidaridad de poco sirven cuando no las acompaña la justicia.
La violencia contra las mujeres no terminará mientras no desaparezca la raíz del problema, que no es otra que la alianza capitalismo-sistema patriarcal y sus corolarios: el silencio de los medios y la indiferencia de la comunidad internacional.

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