Súper Héroes en La Habana

Raúl Antonio Capote

Acabábamos de conocernos, el recorrido que nos llevaría a visitar todas las capitales de provincia de nuestro país, a conocer sitios maravillosos,  a dialogar con miles de jóvenes recién se iniciaba.

Estábamos en Artemisa, rindiendo homenaje a nuestra historia en el mausoleo que recuerda a los hijos de esa tierra, que dieron sus vidas el 26 de julio de 1953 en el Asalto al Cuartel Moncada. Comenzó el recibimiento, breve pero muy intenso, las palabras en boca de la guía nos remontaban a momentos llenos de gloria,  nos sentíamos pletóricos de orgullo de ser cubanos. Cuando nos presentó, el compañero que nos acompañaba, nervioso en esa misión nueva para él de hablar en público, acortó lo más que pudo la presentación y dijo refiriéndose a Dalexis “bueno, de las razones de Cuba, él es el de las antenas” Un niño que se encontraba junto a mí, contempló  la cabeza de Dalexis con curiosidad y dijo bajito “es un súper héroe” “¿es un mutante o qué? Reí ante la humorada del pequeño, sin dudas de una gran agilidad mental por la asociación que había hecho.

Finalizada la parte formal del acto, conversé con el niño, de unos 7 años, vecino de la ciudad. Hablamos de héroes y súper héroes, porque alguien incorrectamente nos había llamado héroes durante la presentación y él estaba interesado en saber cuáles eran nuestros “poderes”, sinceramente no sabía cómo explicarle bien ese asunto, le dije que nosotros no somos gente especial, que la compañera del mausoleo nos había llamado así por exceso de cariño,  “Pero vencieron ustedes solos a todos los malos” insistió el niño, seguí explicando, tratándome de ponerme a la altura de su edad y de sus dudas. Lo hice lo mejor que pude y en la despedida el pequeño me dio un beso en la mejilla, el padre, un hombre de mi generación, que se había mantenido hasta entonces al margen de la conversación, me dio un fuerte apretón de manos, como despedida y dijo al sesgo, “nosotros jugábamos a ser guerrilleros, a los comandos del silencio, a los tupamaros, a los mambises, ellos juegan a ser Batman, Spiderman, X men,  ese es el problema”

Al hombre de las antenas, lo escuché por primera vez esa tarde, narró con su lenguaje corto, a veces trastabillante, de hombre poco ducho en las lides de la oratoria, poco dado al ejercicio de la palabra, como buen matemático, como hombre de circuitos, cables y software.

Dalexis González Madruga es un joven ingeniero en telecomunicaciones, graduado en la CUJAE, capitalino de pura cepa. Cuando se graduó no se sintió satisfecho con la ubicación que le dieron y prefirió trabajar por su cuenta, Ducho en su materia, logró prosperar, hacerse rápidamente de clientes y de prestigio en su rama.

El enemigo lo visualizó, un conocido suyo, Marcos Utset, socio de negocios, que se fue a residir a España tiempo atrás, a quien los servicios especiales estadounidenses contactaron, viajó a Cuba y habló a Dalexis de hacer un gran negocio, un amigo visitaría Cuba y hablaría con él, aquello era una excelente propuesta, etc.

Dalexis era la presa ideal, no trabajaba para el Estado, aparentemente interesado en el dinero, fanático de las nuevas tecnologías. Así llegó un día  a verle un estadounidense, desde el inicio de la conversación el hombre se interesó en la seguridad de las redes, la trasmisión de información de forma cifrada, la protección de datos, en las conexiones entre usuarios y en los servicios que se prestan de Internet de forma ilegal. Era un especialista en seguridad informática y estaba especialmente interesado en la protección que podían tener las personas que se servían de conexiones ilegales, para que no los detectaran las fuerzas de seguridad cubanas. Analizaron, cual podía ser la más óptima. A través de láser, a través de wifi, etc. Entre conocedores del tema la conversación fluyó con facilidad, hablaban un lenguaje común y el joven ingeniero hizo gala de los conocimientos adquiridos en la Universidad y de los aprendidos en su faena cotidiana.

El hombre que se presentó a Dalexis, como una persona que quería ayudar a cubanos como él a prosperar, se nombra Robert Guerra, especialista en seguridad informática, experto en métodos de ocultamiento, codificación o encriptación de mensajes, fundador de Privaterra, jefe del plan cibernético de Freedom House, organización de la CIA, que encubre operaciones de inteligencia contra Cuba con financiamiento de la USAID. Este hombre disertó como máximo experto el 19 de abril del 2010 en un evento del Instituto George W. Bush, con el tema “Movimiento Global de Ciber- Disidentes” también manejado por la CIA.

Robert Guerra visitó Cuba del 21 de septiembre al 5 de octubre del 2006, entrada en el vuelo ACA-988 desde Canadá y salida vuelo ACA-989 hacia Canadá y del 10 de enero al 24 de enero de 2008 entrada en el vuelo ACA-964 desde Canadá y salida en el vuelo MXA-320 hacia México. Arribó  como turista por el aeropuerto José Martí, Recorrió varios hoteles para estudiar posibilidades tecnológicas y como burlar el control de transmisiones al exterior, en la visita del 2008 contactó dos veces con Dalexis.

¿Qué es Privaterra? Aparece como una empresa canadiense, un proyecto profesional de computadoras, para la “preparación social”. Privaterra trata de introducir tecnologías de cifrado que garanticen el secreto en las comunicaciones, violando la seguridad informática de los países que logra penetrar, mantiene vínculos estrechos con Freedom House.

Freedom House  (fachada de la CIA), creo el Center for a Free Cuba dirigido desde sus inicios por el agente CIA Frank Calzón, organización que realiza acciones contra Cuba desde su nacimiento a través de la National Endowment for Democracy. Durante años ha realizado además acciones encubiertas en América Latina. Entre sus grandes méritos está el apoyo que brindaron a los Escuadrones de la Muerte en el Salvador.

Robert Guerra pidió a Dalexis ir a la azotea de su casa desde donde se puede contemplar prácticamente toda la Habana, preguntó si había visibilidad directa desde la azotea con la Sección de Intereses de los Estados Unidos. Indagó si se podía conectar un sistema de antenas, -como las que trajo posteriormente- y que posibilidades de detección, por parte del gobierno, habría de esos tipos de sistemas.

Hablaron con familiaridad de las nuevas tecnologías y de la posibilidad de que Dalexis pudiera beneficiarse de la ayuda que la empresa de Robert Guerra podía facilitar. Se despidieron con el acuerdo de trabajar juntos, el señor Guerra pronto entraría en contacto con él, en unos días recibiría las instrucciones precisas para el “negocio”.

Así comenzaba la labor el “hombre de las antenas”, convertido de la noche a la mañana en instrumento de la guerra sucia que durante más de 50 años, el gobierno de los Estados Unidos lleva contra Cuba.

Continuará…

El Señor de las Antenas