Pablo, el agente de la CIA

I- En casa del enemigo

El edificio es feo, un bloque de cemento cubierto de cristales oscuros, un adefesio que desentona en el barrio de construcciones Art Decó que le circunda. En la esquina, la gente hace la cola para entrar.

La fila es larga, pero cosa rara, está bien organizada. Todos esperan poder obtener una visa que les permita viajar a ver a sus familiares en los Estados Unidos, casi todas son personas mayores. Una viejita cuenta que es la cuarta vez que lo intenta, pero en esta oportunidad tiene la esperanza de poder ir por fin a conocer a sus nietos.

Todos cuentan historias similares. Alguien se acerca y dice que estoy en la fila equivocada, venga, venga conmigo. Es un empleado cubano, labora en la oficina de Prensa y Cultura de la SINA, se presenta, ven Kelly te espera, oye chico agrega, cuando vengas aquí ve directo a la caseta donde están los guardias cubanos y dices que vienes a ver a Kelly, ustedes no tienen que hacer cola. ¿Ustedes? Pregunto y le sigo.

Kelly espera en la entrada, lleva un vestido azul oscuro entallado, va como siempre meticulosamente arreglada, correcta, perfecta, sin nada que desentone o rompa la armonía de su presencia. Paso los trámites de rigor, intercambiamos saludos formales y pasamos al lobby. En la entrada un guardia de seguridad observa con desconfianza. Penetro en la atmósfera refrigerada, dentro todo es confortable, moderno, simétrico. Sentados en ese lugar esperan una veintena de cubanos, hay varias ventanillas encristaladas, de donde sale la voz casi robótica de los funcionarios que interrogan a los aspirantes a viajar a USA.

De todos los funcionarios norteamericanos que conocí, Kelly era la más capaz e inteligente, por momentos mostraba pequeños destellos de una personalidad dura, pero eso salía poco a relucir, casi siempre su imagen era dulce y muy serena, sabía controlar muy bien sus emociones. Tuvo la “desgracia” de trabajar con Jame Cason, de haber coincidido con Michael Parmly, seguro la eficacia de su trabajo se habría triplicado, tenían muchos puntos de contacto con Parmly y muy pocos con Cason, ambos le daban mucha importancia al trabajo en el sector de la cultura, creían que actuando con los escritores, los pintores, cineastas etc., podrían alcanzar mejores resultados que con la llamada disidencia, lo que equivalía a hacer mucho más daño a la Revolución.

Esa primera ocasión en que visité el edificio de Malecón fue especial. Atravesamos un pasillo hasta los elevadores, nos bajamos en el 4to piso. Otro pasillo, una habitación, con una mesita y dos sillas, enfrente de nosotros un espejo. Kelly se marchó, luego entra un señor alto, ofrece una taza de café y agua, se sienta frente a mí.

Días antes Kelly había dado un adelanto de ese encuentro, estaban interesados en conocer detalles de mi vida, en especial del trabajo que desarrollé en la Asociación Hermanos Saiz (AHS) y en la Universidad, datos de la familia etc. Dice que es para una investigación que ella realiza y ciertamente el tipo pregunta sobre el trabajo efectuado en la AHS, que hago en la Universidad, cual es la relación que tengo con los estudiantes, sobre la familia, etc. Repite las preguntas, retrocede, pide detalles de momentos específicos.

Es un hombre delgado, rubio, huesudo, muy ecuánime, habla español casi sin acento, tiene una forma peculiar de preguntar, parece que olvida lo que le digo y vuelve a preguntar lo mismo varias veces. Luego de un buen rato en ese ejercicio pide que escriba todo eso en unas hojas que extiende sobre la mesita. Sale de la habitación y quedo solo de nuevo, es un cuarto impersonal, una pequeña oficina sin mucho que destacar.

Escribo la historia y pienso en el lugar donde estoy, quiero hacerlo todo bien, eso presiona y hace que esté algo intranquilo, hago un gran esfuerzo por dominar la ansiedad que se expresa en el movimiento de las piernas, se que pueden estar observando, así que tomo medidas para al menos parecer sereno. El hombre regresa con más café, lee lo que he escrito y arranca de nuevo con una nueva andanada de preguntas y contra preguntas, su rostro no expresa nada, es tan frío e impersonal como la habitación en que estoy.

Meses después pasaría por una prueba similar, mucho más dura, frente el rubio alto del zapato negro, le bauticé así por su parecido con Pierre Richard el famoso actor francés. Este era un verdadero inquisidor, esa vez fue en una oficina anexa a la de Prensa y Cultura, ya tenía la experiencia de la primera, pero el rubio alto atacaba implacable, con interrogantes cortas, volvía una y otra vez a preguntar lo mismo.

Fue una sesión larga de trabajo con almuerzo por el medio en una paladar cercana y luego más trabajo y la amenaza, no comprobada, de que estaban usando un moderno polígrafo de voz, eso dijo durante el almuerzo, preguntó si tenía algo en contra, le dije que no, nunca supe si lo usaron de verdad o era un alarde de Pierre Richard.

Las preguntas en las dos ocasiones fueron parecidas, pero el rubio alto incorporó otras muchas más sobre la familia, relación con miembros del MININT o las FAR, pertenencia a esos organismos armados etc. Ambos ejercicios fueron agotadores, en algún momento pensé que si me equivocaba podía estropear el trabajo en que tantas personas estaban implicados, un trabajo de por si sagrado.

La relación con los artistas, sobre todo los jóvenes les interesaba de manera especial, ese era el centro de las interrogantes.

Esa primera vez cuando salí del edificio gris de la SINA frente al malecón llevaba una mezcla de euforia, cansancio y preocupación, euforia por haber cumplido la tarea, preocupación porque todo saliera bien y cansancio por las largas horas de tensión mental. Kelly me regaló varios libros ese día, entre ellos Avispas y Topos y otro llamado Los Expedientes escrito por un inglés Timothy Garton Ash, que trata sobre la suerte corrida por los colaboradores de la STASI una vez caído el socialismo en la RDA

10 comentarios en “Pablo, el agente de la CIA

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