Sobres amarillos

El Lincoln Center era un espacio dentro de la SINA, creado para facilitar el acceso a Internet de la disidencia, contaba con un local dotado aproximadamente con 12 computadoras conectadas a Internet y una biblioteca bien surtida de libros y revistas de temas variados. Los representantes de la contrarrevolución disponían así de un espacio seguro para recibir materiales, información e instrucciones de sus jefes norteamericanos. A todos se les entregaba un pase permanente que les permitía acceder a la Sección de Intereses de los Estados Unidos sin problemas, no tenían que hacer cola para entrar y tenían prioridad absoluta sobre el resto de las personas que acudían a la SINA para gestiones diversas.

El lugar era un verdadero antro, con diversos especímenes representativos de la peor fauna antinacional. Los funcionarios y empleados del local se quejaban de pequeños robos que ocurrían allí con frecuencia, de la mala educación de muchos de los asistentes y de la conducta impropia que provocó que algunos fueran expulsados. Sobre todo eso alertó Kelly ese tarde al entregarme el pase permanente, agregando que prefería que no asistiera, pero que era necesaria la conexión a Internet para que estuviera informado y para la comunicación segura con algunos nuevos amigos que conocería, puso a disposición su casa y su computadora en caso de que necesitara trabajar algún fin de semana.

El Lincoln Center permitía a los funcionarios de la Sección de Intereses entregar abastecimientos diversos a los contrarrevolucionarios. Cuando se habilitó otro local también con computadoras y biblioteca, perteneciente al Centro de Recursos Informativos que se subordinaba a la Oficina de Prensa y Cultura, el Lincoln Center quedó reservado para unos pocos elegidos. Usando como pretexto la asistencia a ese lugar pude reunirme con Kelly y luego con los funcionarios que la sustituyeron. Allí recibí instrucciones para el trabajo, orientaciones y tareas a cumplir. Allí rendía cuentas y evaluábamos los resultados.

Los encuentros se producían con la máxima discreción posible, evitando que el resto de los asistentes al Lincoln se percataran de mi entrada a las oficinas, a través de un correo electrónico recibía instrucciones sobre los pasos que debía dar para el encuentro o se coordinaba desde la cita anterior, la mayoría de las veces tenía que esperar a que todos los cubanos asistentes al Lincoln se marcharan, la salida la efectuaba por un lugar diferente para no llamar la atención de alguno que quedara rezagado en la zona. Podía ser que orientaran que esperara en los asientos del consulado como si estuviera en espera de una entrevista de visado o demorara la salida viendo un TV colocado en el salón para los asistentes, donde trasmitían siempre canales de noticias, principalmente CNN. También podían indicar que entrara antes que los demás y fuera directo a alguna oficina señalada de antemano.

El movimiento de personas que acudían a la SINA, era muy grande, principalmente a la Oficina de Prensa y Cultura a pedir materiales para las Bibliotecas Independientes, equipos para el trabajo periodístico, solicitar ayuda monetaria, acudir a reuniones, teleconferencias, cursos etc.

Un grupo importante de los llamados periodistas independientes, activistas de derechos humanos y de la sociedad civil, etc. acudían diariamente a la SINA para recoger, de unas casillas especialmente diseñadas para ellos, impresos que contenían noticias de la prensa norteamericana, artículos de opinión y otros materiales sobre Cuba. Periódicos como El Nuevo Herald y el Diario de las Américas, extractos impresos de las principales páginas electrónicas de Miami, revistas editadas en esa ciudad, CDs, DVDs y memorias flash, con programas grabados de TV Martí y otros canales de televisión de la Florida, grabaciones de Radio Martí etc., materiales colmados de ponzoña que eran distribuidos luego por todo el país.

Podía vérseles a los disidentes salir de la Oficina de Intereses cargados con unos grandes sobres amarillos, donde portaban decenas de esos materiales. Este gran movimiento hacía que mi presencia no llamara mucho la atención entre el personal cubano que allí laboraba y los que acudían a solicitar visa.

Fue así hasta que mis superiores en Washington decidieron que cesara toda relación con la SINA.

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