Nuestra hermosa y lúcida demencia

Cuba en los años 50

Un corresponsal norteamericano, escribía para el periódico Outlook en 1898, que los cubanos en política éramos unos dementes lúcidos. Esta definición nació de su experiencia en el campo insurrecto, donde en reunión con un grupo de jóvenes oficiales mambises, estos aseguraron al altanero periodista, que los cubanos no necesitaban de la ayuda norteamericana para derrotar a los españoles. Los cubanos, son unos idólatras, agregaba el periodista, han sustituido el amor a Dios por el amor a la patria, concepto abstracto y desprovisto de valor para el gringo, para ellos- los cubanos- todo el mundo se equivoca menos la patria, ella siempre tiene la razón. Le asombraba nuestra rebeldía a la que consideró poco práctica y una clara señal de la inmadurez de un pueblo “inferior”.

El yankee fue bien certero en su definición, esa lúcida demencia, nos ha caracterizado siempre y somos orgullosos de ser tan dementes como para luchar sin descanso contra quien nos quiera arrebatar nuestra soberanía, sea quien sea y tenga el poder que tenga y tan lúcidos que aquí estamos, vivos, exitosos y dispuestos, con nuestros sueños a cuestas, a pesar de los pesares. ¿Quién hubiera imaginado siquiera que podía hacerse una revolución socialista a 90 millas del Imperio? Y a pesar de los pesares, de la agresión permanente, de la cruel guerra económica,  a pesar a veces de nosotros mismos, Cuba va.

Generación tras generación hemos luchado por nuestra independencia, con todo el brillo de nuestra inteligencia y con toda la locura de nuestra pasión por la patria.

Nuestra rebeldía comenzó desde el primer instante en que un invasor puso sus pies en esta tierra, cuando los caciques reunidos en la Ciénaga de Zapata, alertados por Hatuey, arrojaron a la laguna del Tesoro todos los objetos de valor y al grito de ijia iya bombé. Primero muertos que esclavos se aprestaron para resistir al español.

Rebeldía es la savia que corre por la venas de la Revolución: Guamá., Aponte, Maceo, Agramonte, Martí, Guiteras, Rubén, Mella, Frank, José Antonio, Fructuoso y tantos otros mártires de la patria que ofrendaron sus vidas preciosas por la idolatrada.

Dementes Lúcidos fueron los Moncadistas, los asaltantes al Palacio Presidencial, los guerrilleros de la Sierra Maestra, los alfabetizadores, los artilleros y milicianos de Girón, los soldados internacionalistas en África, los médicos y maestros que bridan su colaboración en medio mundo y no en las capitales, no en los grandes hospitales y centros de salud, no en las grandes universidades, sino en las selvas, en los humedales, en las sierras, en los montes del Tercer Mundo, allí donde se sufre y se muere en el olvido de los poderosos.

Hombres como Manuel Collera (Gerardo), Frank Carlos (Robin), Carlos M. Serpa (Emilio), Moisés (Vladimir) y Dalexis (Raúl), combatientes de la Seguridad del Estado, héroes de la patria. Gerardo, René, Antonio, Ramón, Fernando, que bajo la sombra del águila temible, detuvieron las artes homicidas de hombres sin patria y a la hora en que otros flaquean, en que muchos tiemblan y se empequeñecen, se tornaron gigantes y lanzaron el desafío de todo un pueblo al rostro de sus verdugos.

Así estamos hoy aquí, con nuestra hermosa demencia, con nuestra lúcida convicción de morir antes que ser esclavos. Esta es la claridad de una pequeña isla que nunca volverá a ser burdel, casino, cabaret, de la mafia norteamericana, nunca volverá ser patio trasero del gobierno de los EEUU, este país no volverá a ser regido por el embajador norteamericano, aquí nunca regresará el tiempo muerto, el hambre crónica del guajiro, el vara en tierra y el bohío miserable, el desempleo, la enfermedad, no regresaran los ladrones que defalcaban el erario público con total desvergüenza, los gobernantes corruptos, el analfabetismo, la falta de hospitales, la politiquería, el palmacristi, la Guardia Rural y el plan de machete, los asesinos de uniforme que torturaban y asesinaban a mansalva a la juventud, no retornaran las hienas disfrazadas de soldados que sacaban ojos a los prisioneros, castraban y arrancaban uñas, la policía del bicho de buey y la picana, los esbirros que tanto dolor causaron a las madres cubanas y tanto luto llevaron a nuestros hogares. Nunca regresarán.