Con mis hermanos Robin, Gerardo, Vladimir, Raúl y Emilio en un lugar sagrado

Ese fue un día inolvidable,  digno colofón de un recorrido por toda Cuba que nos vigorizó el alma para siempre, que nos  forjó el compromiso multiplicado por tanto abrazo de pueblo, por tanta mirada cariñosa de adolescente, por cada apretón de mano ruda, compromiso de defender esa luz sin sombra de tanto joven que a lo largo del camino nos miró a los ojos y se reconoció en  ellos y se fundió con el amor  de la patria, y preguntó que hacer para mejor defenderla.

Inolvidable honor  visitar su tumba eterno Comandante de los humildes y colocar una flor y cantar el himno.

Ese día en Santa Clara vimos como nunca la dimensión del héroe y mientras nos alejábamos sentíamos como un canto nacido de las piedras, de las palmas, del polvo del camino, un canto entonado con tableteo de ametralladoras, porque hay aún en este mundo quien siente como suyo el golpe propinado en la mejilla de otro hombre. Escuchamos el trotar de Rocinante y la voz tremenda que nos recordaba que no se puede confiar en el imperialismo ni un tantico así y como puestos de acuerdo nos volvimos y gritamos “Hasta la Victoria Siempre Comandante” “Patria o Muerte”.

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